El vagón infantil de Renfe

Hace unos días viajamos en familia a Madrid. Al subirnos en el Ave en el viaje de vuelta, mientras colocaba mi maleta escuché a alguien que decía “¡Nos ha tocado el vagón infantil!”. Un rápido vistazo me hizo darme cuenta de que aquello era cierto, varias familias con niños viajábamos en el mismo vagón.

CASUALIDAD SÍ, PERO NO TANTA

No tengo la certeza de que todas las familias que viajábamos con niños estábamos en ese mismo vagón. Tampoco creo que sea relevante. Lo que sí sé de buena mano es que Renfe sabe cuando viajas con niños (te hacen indicarlo en la web cuando compras el billete). Por lo que no es descabellado pensar que pueden gestionarlo para que todas las familias con niños viajemos juntas. Detrás de esta decisión podría estar la idea de “Mejor que se molesten mucho unos pocos, a que se molesten poco muchos”.

Totalmente lícito por su parte. Si yo estuviera en posición de tomar esa decisión seguramente no lo haría, pero encuentro una cierta lógica detrás. Al fin y al cabo los niños son persona non grata en este tipo de situaciones (trenes, aviones, salas de espera…) donde lloran, gritan, ríen y se mueven, y los adultos no tenemos lugar donde poder escapar. Pero ¿molestan tanto los niños?

LOS OFENDIDITOS

Creo que vivimos en una época en la que cada vez nos molestan más cosas, y somos menos capaces de tolerar la frustración. Abundan los “ofendiditos”, personas que se molestan hasta por los aspectos más banales del día a día y que no tienen reparo en demostrarlo. Y con los niños parece que está sucediendo lo mismo.

Los niños, sobre todo cuando no son tuyos, son molestos. No trato de decir lo contrario. Pero ¿no nos estamos pasando un poco? Me da la sensación de que cada vez nos estamos volviendo seres más individualistas, que no somos capaces de ver más allá de nuestra propia comodidad y bienestar. Al fin y al cabo, todos hemos sido niños en algún momento. De eso sí tengo la certeza absoluta.

CUANDO MENOS TE LO ESPERAS SALE EL SOL

En uno de los paseos con mi hija descubrimos que en la parte de atrás del vagón se había formado un grupo de juego improvisado. Formado por madres y niños, sentados en el suelo, y los juguetes que cada uno había ido aportando. Tanto los pequeños como los adultos disfrutaban de este espacio de juego creativo que se había creado de la nada. Para mi fue algo muy especial  y consiguió reconciliarme un poco con la humanidad. La magia de las pequeñas cosas.

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